Père Lachaise

En un viaje que realicé a México con unos amigos, me sorprendí a mí misma yendo a visitar el cementerio de una de las ciudades porque, según mi amiga, algunos cementerios esconden mucha cultura que, en occidente, obviamos. Y es cierto, el único cementerio que había visitado en mi vida era el del pueblo de mi madre en Extremadura, pero nunca lo había sabido mirar con otros ojos que los de un niño al que le obligan a hacer algo que no le gusta.

Algunos cementerios están llenos de obras de arte (como el de la ciudad de Oslo o el cementerio de Budapest), puedes pasear por las calles del mismo y encontrarte con diversas piezas escultóricas, naturaleza y algunas tumbas que, quitándole la carga emocional que pueden tener, merecen la pena. Un cementerio nos indica cómo un pueblo vive la muerte, la importancia que le dan a ese viaje, cómo viven la religión…

En Paname hay varios cementerios, los más conocidos son el de Montmartre, cerca de los viñedos, y el de Père Lachaise. Este último, el que nos interesa hoy, es extremadamente particular. Por una parte, porque está localizado en la ciudad – y no a las afueras – y por la otra porque hay varias personas conocidas enterradas en el mismo.

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Aun estando localizado en el límite entre los barrios XIe y XXe, al entrar en el mismo te das cuenta de que reina el silencio. Las calles, hechas de piedrecitas, te dan la sensación de estar en un jardín. Los árboles y toda la vegetación que surge alrededor de las tumbas y mausoleos quita la tensión que puede haber en cualquier cementerio. De hecho, hay gente que decide ir al cementerio a leer o a pasar la tarde sin necesidad de ir a visitar ningún pariente o familiar difunto. Abre este espacio a los transeúntes, a la gente que busca un oasis dentro de la jungla de cemento.

En el mismo podéis encontrar monumentos a personalidades importantes de la historia de Francia, de la cultura, y soldados y civiles que dieron su vida contra la ocupación de alemana durante la II Guerra Mundial.

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Este cementerio, situado en una de las 7 colinas parisina fue, inicialmente, un lugar privado concebido como emplazamiento para el retiro y el descanso de nobles, de jesuítas y de personas ricas durante la Edad Media. Con la llegada de Napoleón Bonaparte, las cosas cambiaron y la necesidad de tener más espacio para enterrar a cualquier persona en un cementerio, hicieron de Père Lachaise el lugar perfecto (al parecer, antiguamente si no eras noble, no tenías derecho de tener una sepultura propia). De hecho, para llevar a cabo las obras del cementerio, fue llamado el arquitecto neo-clásico Alexandre-Théodore Brongniart que realizó los nuevos ejes del cementerio decorándolos al estilo de un jardín inglés. Así, el cementerio pasó de 13 tumbas a 33000 en 26 años, de 17 hectáreas a 43. Actualmente, el cementerio de Père Lachaise cuenta con 70000 tumbas, 5300 árboles, unos 100 gatos y muchos tipos de aves (aunque los que más destacan son los cuervos que sobrevuelan París).

Pero, tras muchas visitas al mismo, sobre todo cuando vienen amigos o familiares a conocer París, me quedo con aquel día que nevó hace 5 años. Y, como en toda ciudad cosmopolita, en cuanto pasan 2 horas después de la nevada, todo lo que era blanco se vuelve marrón. Por eso, decidí ir a descubrir este cementerio bajo la nieve.

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La sensación fue de soledad, pero no la soledad negativa de la que todos huimos, si no esa soledad que te hace escucharte a ti mismo, disfrutar de cada minuto. El silencio era total, no había ni un solo turista de los 3,5 millones que pasan por Père Lachaise cada año, ni siquiera en las tumbas de Morrison (sí, el cantante de The Doors), de Chopin, de Piaf, de Proust, de Wilde, de Delacroix, de Molière o de Balzac.

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Cada monumento a los caídos en las guerras mundiales, cada estatua, cada escultura que albergan sus grandes avenidas iban cubriéndose de nieve virgen. No os puedo describir correctamente la sensación, sólo os puedo desear que algún día, si estáis en París y vuelve a nevar, os pille en Père Lachaise.

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